tappa 101El desamor

En esa plaga que es el desamor observamos un impulso, quizás inconsciente, a hacer el mal. A la luz del amor, en cambio, observamos que otras realidades como la autoridad, el honor, la fidelidad, el trabajo, la libertad no son otra cosa que maneras de servir al hermano. Si amas, no robas; no das falso testimonio; no caes en la fornicación; honras a tu padre y a tu madre, obedeces, trabajas: haces el bien. Si no amas, estás expuesto a lanzarte a cualquier aventura, como se han expuesto los pueblos a lo largo de los siglos y han provocado guerras y hambre; se han matado unos a otros sobre un cúmulo de ruinas, como si la existencia nos hubiera sido dada para producir la inexistencia.
Por el contrario, si en lugar de perder tiempo odiándonos y dejando de atender a los hermanos, nos amáramos; si en lugar de derrocar imperios, emprender invasiones bárbaras, promover guerras civiles y producir escombros de terror nos hubiéramos amado, habríamos podido construir, estudiar, lograr mayores progresos científicos y sociales; nos hubiéramos ahorrado siglos de penurias, pestes y fratricidios; habríamos salido de la ignorancia… La falta de amor provoca la sumisión de poblaciones inermes, la justificación del racismo, el empleo de la tortura y nuevas formas de colonialismo.

Igino Giordani, El único amor. Ciudad Nueva, Roma, 1974, pág. 26

Hijos de un mismo Padre

Si nos metiéramos en la cabeza que los negros y los amarillos son hijos del mismo Padre, que los ama como nos ama a nosotros; que debemos respetar la patria del otro como quisiéramos que respetaran la nuestra, con la esperanza de que la fraternidad universal nos haga reconocernos un día como hijos de una única patria…
Si entendiéramos que el del otro partido y el de la otra religión también fueron redimidos por la misma sangre de Jesús y, por ende, son dignos del mismo valor infinito de la redención, nunca más nacería el nacionalismo ni los cantos victoriosos dedicados a los héroes que han exterminado a los “enemigos”; no serviría para nada el nazismo, desfogue necrófilo de cerebros estrechos (porque la falta de amor nos vuelve estúpidos) y los musulmanes no invadirían a Europa, y los cristianos no saldrían a matar hermanos con la excusa de defender el Santo Sepulcro, y no habría más guerras santas, y mucho menos guerras impías. La vida de los jóvenes no se perdería entre pantanos y cañizales; entre el fango y las piedras, para ser alimento de cuervos y de hormigas. Los jóvenes vivirían la vida para la cual fueron creados.

Igino Giordani, El único amor. Ciudad Nueva, Roma, 1974, págs. 26-27

Cada hermano…

La multitud está hecha de hermanos entre los cuales, si tenemos alguna preferencia, deberá ser siempre por los más necesitados. Cada hermano con quien entramos en relación -ya sea por trabajo o por cualquier otro motivo- se convierte en sacramento de Dios; y la vida toda, la de cada día, con la gracia del prójimo, adquiere un valor sagrado: las labores más humildes o pequeñas, dependiendo de cuánto servicio o perjuicio generen para la comunidad, se convierten en medios de contacto o de separación. Todo, pues, reviste un doble significado: el que pasa y el que permanece. Y el oficio más sencillo puede convertirse en el medio más elevado para alcanzar la santidad. Porque al obrar así, los cristianos generan ese valor divino que se llama santidad, que no es exclusiva de aquellos que son canonizados; sino que es un deber -y un derecho- de todos”.

Igino Giordani, El único amor. Ciudad Nueva, Roma, 1974, págs. 27-28

La sabiduría de la fe

La sabiduría de la fe es distinta de la ciencia. A una persona culta, que sabe de literatura y de matemáticas, si ha comprendido el misterio de la religión le resulta muy grato recibir clases de espiritualidad, inclusive, de un analfabeto. ¡Cuántos doctos tuvieron como maestros a Catalina de Siena, a Francisco de Paula, a Ángela de Foligno, a Verónica Giuliani, a Gemma Galgani! Personas incultas todas ellas y, quizás, analfabetas: porque la sabiduría del espíritu no depende del estudio de los libros, ni de discursos de oratoria, sino de la contemplación, de la caridad, de la humildad. Es sabiduría infusa.
Un día, el padre Arsenio (que había vivido 40 años en el palacio de Teodosio) sometió sus ideas a un padre egipcio. Otro, que se dio cuenta, le dijo: -Padre Arsenio, ¿cómo es posible que tú, que sabes tanto de cultura greco-romana, interrogues a este ignorante sobre tus pensamientos? A lo que él respondió: - Es cierto. Yo tengo la cultura greco-romana, pero todavía no he aprendido el alfabeto de este sencillo campesino.

Igino Giordani, El único amor. Ciudad Nueva, Roma, 1974, pág. 17

La sabiduría religiosa

Uno de los genios de la sabiduría religiosa fue la analfabeta Catalina de Siena, cuyo caso demuestra que el amor -y, por lo tanto, la luz- nos fue dado a todos, no importa cuán desarrollada esté nuestra inteligencia. El ejemplo de Catalina abre paso a la comprensión sobre María de Nazareth. Si uno quiere conocer a Dios porque lo ama, ya por el hecho de amarlo, lo conoce. El niño conoce a su padre por el amor, por la vida, aunque no se dé cuenta de las tareas que cumple el padre, de su lugar en el mundo y, ni siquiera, de su naturaleza humana. Sencillo: amar es conocer.

Igino Giordani, El único amor. Ciudad Nueva, Roma, 1974, págs. 19-20

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