22 08La imitación de María se resume en esa típica actitud suya ante la voluntad de Dios, y ante las palabras de Jesús: “conservaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2, 19).
Hacía de su corazón un paraíso de las cosas divinas: una estancia para el Verbo, encarnado y comunicado. Del mismo modo en el que había guardado a Jesús en su seno, guardaba la sabiduría en el corazón.

Igino Giordani, María modelo perfecto, Ciudad Nueva, Roma (1967), pág. 7

A imitación suya se puede -y se debe- renunciar al mundo, aun estando en el mundo; o -lo que es lo mismo- debemos transformar el mundo en la casa de María. Si hacemos así, todos los lugares donde estemos (la escuela, la oficina, la fábrica) se transformarían en la casa de Jesús para vivir, entre polvo y papeles; entre ruidos y gritos, con Él, siempre con Él.

Igino Giordani, María modelo perfecto, Ciudad Nueva, Roma (1967), pág. 16

 

Humilde como es ella, de pocas palabras, amante de la oración y del trabajo, María pasa gran parte del tiempo en la soledad y el silencio. No en la soledad desesperada y vacía de nuestro tiempo, en la cual el hombre, inmerso en la masa urbana, en medio de la explosión demográfica, no tiene con quién comunicarse y permanece solo; sino la soledad convertida en espacio lleno del Espíritu Santo donde, aunque falten los hombres, siempre está presente Dios.

 

Igino Giordani, María modelo perfecto, Ciudad Nueva, Roma (1967), pág. 21

Los pasajes del Evangelio que hablan de María son pocos: y esta sobriedad genera reverencia: a una virgen no le corresponde, en vida, hacerse notar, y mucho menos ser aclamada. Pequeño alhelí que en medio del verde no se ve, pero exhala su perfume; su santidad en medio de los hombres consiste en reconocerse nada a los pies de Dios, que es todo.

Igino Giordani, María modelo perfecto, Ciudad Nueva, Roma (1967), pág. 30)

Imitar a María significa amar a Dios hasta anularse a sí mismo: de ahí viene la paz en medio de la confusión; la esperanza en medio del sufrimiento; la luz blanca que se extiende entre la tierra y el cielo, en medio de las tinieblas que salen del infierno; vida pura de la infancia contra senilidad del espíritu; belleza virginal contra las arrugas de la culpa; en resumen, humanidad deificada.

Igino Giordani, María modelo perfecto, Ciudad Nueva, Roma (1967), pág. 39

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