tappa 88La conciencia de la perfección

Actualmente, más que en otros períodos de la historia, se tiende a limitar la fe a las cosas de este mundo, abandonando lo sobrenatural. Y aun así, muchos hoy en día están ávidos de la pureza de aquella corriente invisible, pero imposible de eliminar, que es la divinidad entre nosotros: lo sagrado. El hombre, por naturaleza, sediento de vida, se siente impulsado a anular la distancia infinita que lo separa del Creador. La convivencia con Dios crea conciencia de fortaleza y nos nutre de la energía divina. Si somos constantes en cultivar la perfección interior, y no nos dejamos dominar por el asedio de lo superficial, seremos capaces de hacer de la existencia humana una empresa de reconstrucción de fe, esperanza y caridad, también en nosotros y en los demás. Y de cada acción surge un beneficio; y como fruto de esta disposición y energía, el trabajo, las adversidades, así como en los diálogos y controversias pierden aspereza y se abren a soluciones racionales, humanas.
A través de cristianos que actúan así, la divinidad acude en ayuda de la humanidad, y todas las dificultades espirituales y temporales se convierten en materia prima para el bien. No es tan difícil como parece. Es necesario tener conciencia de la perfección, que habita en el fondo de cada corazón, y esto se obtiene descubriendo en las profundidades del espíritu la fuente oculta del amor, puesta allí por el Creador, por Cristo que ha hecho y hace de todos hermanos suyos.

Igino Giordani, Ciudad Nueva No. 15/16, 2012

Un Dios enamorado

El fuego del amor suscitó la redención: “Fuego he venido a traer a la tierra y cuánto deseo que arda” (Lc 12, 49). Una comunidad cristiana, un alma, congelada en las puras normas, aunque buenas, y en las puras prácticas personales, aunque santas, si no expande el fuego de la caridad, es como un tizón apagado. En el principio de este amor, que hace posible la vida de los hombres, fue y está siempre Jesús. Su vida entera expresa un milagro. Sus palabras lo anuncian. Sólo un Dios enamorado podía reducir las verdades trascendentes a fórmulas fáciles, sencillas, comprensibles. En su solidaridad él no hizo, ni hace, acepción de personas, de etnias, o de castas… sirve a todos.

Igino Giordani, Ciudad Nueva No. 8, 2012

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