Recordamos el nacimiento de Igino Giordani (24 de septiembre de 1894), con algunos fragmentos de su diario escritos en distintos años, en esta misma fecha.48 1 1 22

24 de septiembre de 1948

No hace falta, Señor, que yo vuelva a hacer la lista de mis necesidades, que es interminable. Basta decir que necesito de Ti.

(Igino Giordani, Diario de fuego, Ciudad Nueva, 1980, pág. 53)

24 de septiembre de 1963

Sesenta y nueve años: llegué a este punto de la vida sin darme cuenta. Me había propuesto muchas cosas a lo largo de este tiempo; y los frutos cosechados son distintos de aquellos que me había propuesto. Se ve que yo cavaba, podaba y hacía estragos: pero el divino Agricultor corregía y vivificaba.  

Y me ha hecho ver el fruto de la soledad: pero como silencio y pausa para conversar con Él, para estar con Él. Los hombres se alejaron de mí por razones humanas: pero ante cada separación, Él se acercaba más. Ahora somos Él y yo: el Todo y la nada; el Amor y el amado. Y el diálogo no se interrumpía por las conversaciones con amigos o con clientes… Así, al volverme a las creaturas humanas, lo hacía para amarlas sin esperar ser amado; para servirlas sin esperar ser servido, ni siquiera de los más próximos, natural o sobrenaturalmente, ¡tan cercanos y tan lejanos a la vez! Gracias a ello, lo que parecía un abandono por parte de los hombres se convertía en un reencuentro con Dios -y en Él están los ángeles y los santos, desde María hasta el último fallecido en gracia. Parecía una caída, y era en cambio una elevación al cielo. Una liberación en lugar de una dispersión.  

Recibí una fuerte sacudida por parte del Enemigo, que ponía ante mis ojos, con una luz incandescente, la ingratitud, el abandono de parte de la gente a quien había amado y servido. Pero no quiero que esta constatación me ensombrezca o me paralice: si me detengo en ella, crece como una explosión atómica.

¿Qué es la ingratitud, el mal causado por cuatro, diez, cien creaturas humanas frente al amor constante de Dios, a la poesía renaciente de María, a la protección y comunión de los santos? Deja que el alma se pierda en la alegría del amor que no tiene ocaso: que no se ve, pero se siente; que no promete, pero mantiene; perderse en la grandeza así como en la miseria, en la luz así como en las sombras, en el cielo, así como en la tierra.

Mis problemas espirituales se dispersan si los miro a la luz de la mañana, transparente, la luz de la humildad. En ella los veo con una claridad diáfana; y las enormes sombras de orgullo, ira y vanidad se disuelven como la neblina en el aire jubiloso del alba. 

A veces me da la impresión de que el hombre viejo se haya muerto definitivamente; pero en realidad se muere tres días después de la muerte natural.

Es así: un día el hombre nuevo renuncia a la pompa, a las amistades y a la vanidad; y al día siguiente, el hombre viejo surge del ataúd para derramar lágrimas por la pérdida de honores, privilegios y amistades. 

Por el contrario, si sirve de algo el compromiso que declaré ante Jesús Eucaristía el día de la Inmaculada, soy un hombre consagrado a Dios; es decir, ya no existo como un hombre de este mundo. Mi deseo, mi sentir… es el deseo y el sentir de mis Superiores quienes, si me reprenden y me pisotean, es por mi bien. Mientras más suba hacia Dios, más disminuirá la estima del mundo por mí; hacer morir el hombre viejo significa ocupar el último puesto, permanecer escondido y en silencio. Obediencia, penitencia, humildad: los tres componentes de la vida que Dios quiere para mí.

(Igino Giordani, Diario de fuego, Ciudad Nueva, 1980, págs. 121-122)

 

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