Revivimos el encuentro entre Igino Giordani y Chiara Lubich, ocurrido el 17 de septiembre de 1948, a través del recuento hecho por él mismo en su autobiografía: Memorias de un cristiano ingenuo. 48 3 2 03 effetto

La señorita habló; yo estaba seguro de que iba a escuchar a una propagandista sentimental que iba a hablar de alguna utopía asistencialista. Y, en cambio, desde sus primeras palabras advertí algo nuevo. Había un timbre inusitado en aquella voz: era el timbre de una convicción profunda y segura, que nacía de un sentimiento sobrenatural. Por eso, de golpe, se despertó mi curiosidad y se encendió un fuego dentro de mí. Después de media hora, cuando ella terminó de hablar, me sentí inmerso en una atmósfera fuera de este mundo. Era la voz que, sin darme cuenta, había esperado por tanto tiempo. 

Aquellas palabras ponían la santidad al alcance de todos; derribaban los muros que separan el mundo laical de la vida mística. Ponían al descubierto los tesoros de un castillo al cual sólo unos pocos tenían acceso. Acercaba a Dios: lo hacía sentir Padre, hermano, amigo, presente en la humanidad. 

Quise profundizar en el tema: cuando me puso al tanto de la vida del Focolar de la unidad -como se llamaba- reconocí en aquella experiencia la realización de un fortísimo deseo de San Juan Crisóstomo: que los laicos vivieran como los monjes, menos en el celibato. ¡También yo había cultivado tanto ese deseo dentro de mí!

Sucedió entonces que aquellos fragmentos de cultura, yuxtapuestos, comenzaron a moverse y a animarse dentro de mí, formando el engranaje de un cuerpo vivo, por el que corría la sangre generosa. La idea de Dios había cedido el puesto al amor de Dios; la imagen ideal, al Dios vivo. En Chiara había encontrado no a una persona que hablaba de Dios, sino que hablaba con Dios: hija que, en el amor, hacía coloquios con el Padre. 

Estaba recibiendo una suerte de revelación que me producía una conversión nueva, que me introducía en un paisaje nuevo, sin confines, entre el cielo y la tierra, y me invitaba nuevamente a caminar. Y a cada paso, el paisaje se volvía más atractivo.

Si examinaba el hecho de un modo crítico, me daba cuenta de que no había descubierto nada nuevo. En el sistema de vida que se abría ahora delante de mi alma, volvía a encontrar los nombres, figuras y doctrinas que siempre había amado. Todos mis estudios, mis ideales, las experiencias de mi propia vida me parecían dirigidas a esta meta. Nada nuevo; y, sin embargo, todo nuevo: los elementos de mi formación cultural y espiritual se acomodaban según el designio de Dios. Se ubicaban en el lugar correcto. 

Aquello que hasta entonces me había parecido -en las biografías de los santos- el resultado de una ascesis extenuante, reservado a algunos seres excepcionales, se convertía en patrimonio común, y podía comprender cómo Jesús había podido invitar a todos sus seguidores a ser perfectos como el Padre: ¡perfectos como Dios!

Todo antiguo y todo nuevo.

Renacía una santidad ‘colectivizada’, socializada (para usar dos vocablos que, más adelante, serían popularizados por el Concilio Vaticano II); separada del individualismo que llevaba a cada uno a santificarse solo, cultivando meticulosamente -sin tregua alguna- la propia alma para no perderla. 

En resumen, la ascesis se convertía en una aventura universal del amor divino; y el amor genera luz. 

Todo se iluminó entonces. El dolor adquirió un significado salvífico, y se convirtió en amor. La vida empezó a parecerme un designio adorable de la voluntad de Dios, y cada segundo era pleno y adquiría una belleza propia. La naturaleza y la historia se desplegaron en una trama rica de armonía y sabiduría. 

Y para vivir esta vida nueva, para nacer en Dios, no era necesario que renunciara a mis doctrinas: sólo debía ponerlas en la llama de la caridad, para vivificarlas. A través del hermano empecé a vivir a Dios. Toda mi existencia se convirtió en una aventura, conscientemente vivida en unión con el Creador, que es la vida. María resplandecía con una belleza nueva; los santos se volvieron mi familia, y el paraíso se convirtió en la casa común. 

Éste fue mi descubrimiento; ésta fue la experiencia que hizo de mí un hombre nuevo.

Extraído de: Igino Giordani, Memorias de un cristiano ingenuo. Ciudad Nueva, 1994, págs. 149-15 

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