04 10Realmente todos los santos son “sociales”; es decir, han servido al prójimo en Cristo y a Cristo en el prójimo. No existe la santidad sin este amor traducido en obras. También el anacoreta que reza por la Iglesia, perdido en una cueva en la montaña, sirve a los hermanos; porque sus oraciones y renuncias se transforman en gracias para ellos.

Pero es cierto también que algunos santos han ayudado más directamente a la sociedad en las horas de mayor sufrimiento. A ejemplo de Cristo, han sido trabajadores puestos al servicio de la humanidad de manera particular: en las escuelas, en las plazas, en las misiones; con asistencia, instrucción, ministerio hospitalario y todas las formas posibles de la caridad.

Y entre ellos, la comunidad cristiana considera más particularmente a san Francisco como su patrono y prototipo: por esto, en plena guerra, se celebra a San Francisco de Asís, fiel imitador del Rey de la paz; cuando la jornada se vuelve más oscura, más necesario se hace mirar a quien experimenta la perfecta alegría. Más allá del momento frenético, se ven las razones divinas de la convivencia humana: se ven y se anhelan.

El Papa proclamó a Francisco de Asís y, con él, a Catalina de Siena patronos de Italia. Dos patronos dignos de ella; dotados de las mejores características de su civilización, de susvalores universales y particulares. Dos gigantes que bastan por sí solos para darle gloria y fisonomía a Italia, donde quiera que se aprendan los rudimentos de la historia cristiana. Dos genios, en resumen, para los cuales esta tierra no es lejana ni extranjera a ningún otro pueblo.

Después de los grandes personajes del nuevo testamento, quizás el cristianismo no ha tenido imitadores más perfectos de Cristo: uno, llamado “segundo Cristo”; y la otra, vista como espejo de María. San Francisco es uno de esos santos sobre los que se disiente poco. Titanes como Pablo, Agustín o Ignacio suscitan disparidad de opiniones. Francisco, en cambio, puede decirse que es amado universalmente; su santidad resulta agradable a todos. Para nosotros, católicos, e incluso para los no cristianos, él constituye el modelo del santo. Esta veneración no es sólo folclor ni sentimentalismo: es también instinto de conservación, que conduce a las fuentes de la sabiduría eterna o, si se quiere, de la verdadera felicidad.

Cuando el mundo no camina, especialmente debido a las desigualdades sociales, se oye decir a muchos: “¡Necesitaríamos un segundo a San Francisco!”.

Francisco, al casarse con su Esposa Pobreza, puso en el primer lugar el alma, donde otros ponían las cosas materiales; y a Dios, donde otros ponían las riquezas. Aquí está la revolución, que fue una copia de la revolución de Cristo. Una vez que el alma se libera de la adoración a las riquezas, pierde el impulso de depredación sobre los demás; ya no quiere lo que no le pertenece; en la caridad, también la riqueza se purifica y pasa de largo, porque ya no la detiene el obstáculo del egoísmo. Cuanto más se alejó el “Poverello” de la avaricia por las cosas terrenales, tanto más se convirtió en espacio abierto para que pasara el amor divino. Pero Francisco logró conformarse al Maestro de manera heroica, porque disponía de una fuerza de ánimo extraordinaria y de una voluntad indómita, cosa que se resalta poco cuando nos fijamos más en sus discursos a los pájaros, o en sus enseñanzas a los lobos, que no eran más que una consecuencia de la revolución que se obraba en su espíritu.

La verdad es que, ayudado por la gracia, tuvo el coraje de vivir contra corriente y de elevar a sus seguidores como un dique: al orden de los traficantes contrapuso una orden de mendicantes.

Como autor de este vuelco total de la conducta, Francisco puede instruirnos también hoy, cuando el problema económico -que se salió de su propio cauce y, para muchos, se ha vuelto absorbente- encapsula el corazón y la inteligencia, la cultura y el arte, la moral, la vida entera… Las ideas del lucro, del salario y de la producción se chupan, como un torbellino, lo sano y lo profano, los sueños y los insomnios, el presente y el porvenir. La mayoría de nosotros está postrada en tierra, dándole culto a la diosa Economía en el templo politeísta del dinero. Nos hemos sometido a la insignia de la riqueza, y la vida se ha vuelto una miseria.

El ejemplo de Francisco ante esta situación es muy actual: nos conduce siempre a mirar la vida, no desde el ángulo de la economía, sino desde la altura del amor de Dios que, como el sol, da a las cosas un aspecto radiante y de este modo hace del experimento humano una preparación para el paraíso, pues libera al hombre de sus ansias y de sus horrores; y de lobos, los transforma en hermanos.

Así, mientras más se reaviva el sentido franciscano, más se reaviva el sentido cristiano, así como el genuino, creativo y luminoso sentido italiano.

Igino Giordani, La sociedad cristiana. Ciudad Nueva 2010 / 1942, págs. 193-198

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