Riqueza y Pobreza20 11

En nuestro tiempo, la riqueza se ha convertido en el objeto, es más, en la fuente de la filosofía y de la política más actual: es el ídolo más adorado; la obsesión por la cual, tanto partidos como gobiernos, están más endemoniados que nunca.
¿Por qué un número tan alto de personas se ha ido de la Iglesia? Porque sienten que está aliada con los ricos. Una actitud franciscana de los sacerdotes y de los laicos podría reconvertirla.
Una persona pobre de espíritu limita sus gastos a las necesidades mínimas de la vida, y a aquellas relativas, condicionadas por su vocación y posición; se abstiene de cualquier gasto lujoso o excesivo; y lo que le sobra lo destina a otros -a los hermanos-no siempre en forma de limosna, que hoy ya está en desuso, pero sí en aumento de productividad, para dar trabajo a los desempleados y para dar más bienes a la sociedad.
Hacerse pobre entre los pobres también significa buscar a Jesús, que está en los pobres: es encontrar un viaducto hacia lo divino desde esta tierra.

Igino Giordani, El Patrono de Italia – San Francisco hoy. Obra Pontifica de la preservación de la fe, 1955, págs. 175-176

El misterio de la pobreza

Albert Bèguin afirma: “El misterio de la pobreza está en el centro de nuestro Evangelio. ¿Por qué razón, hoy, no nos atrevemos a reconocerlo sin sentir un poco de desagrado, y sin temor a que el vocabulario cristiano sea denunciado como una defensa hipócrita, o como una ofensa a aquellos que -sabemos- son los pobres, pero que no quieren seguir siendo llamados así? La pregunta es enorme y decisiva; pero, sobre todo, angustiante”. (Esprit, 1954, págs. 338-339).
La respuesta es que los pobres están desilusionados. Con el pretexto del Evangelio (“siempre tendrán a los pobres entre ustedes”), muchas veces -en efecto- se han desilusionado de una cristiandad sin cristianismo; así que ahora quieren liberarse, rebelándose en el terreno político, ya sea contra el paternalismo, ya sea contra la religión de la que se reviste; y buscan la “redención” por un camino ateo, fuera del cristianismo. De este modo la pobreza, como reclamaba San Francisco, de ser la soberana del universo, pasó a ser semejante a una viuda desolada, y ha visto a los amigos transformarse en enemigos.
Ellos luchan, mientras que en otro sitio los trabajadores -los pobres- ya han alcanzado la victoria y, por lo tanto, de pobres han pasado a ser potentes.

Igino Giordani, El Patrono de Italia, San Francisco hoy, cit., pág. 177

Trabajo y oración

Un factor capilar de la redención humana, hoy en día, es el trabajo. Si lo asumimos como nos lo enseña la revelación cristiana, se convierte en un potente medio de la redención divina. Oración y trabajo (ora et labora) constituían para los religiosos, así como para los monjes, un nexo en el cual se reflejaba y prolongaba la unidad humano-divina de la Encarnación. Las herejías y filosofías posteriores han separado los dos componentes y han resquebrajado la unidad, en la cual la oración constituía el trabajo necesario para alimentar el alma, y el trabajo le daba a la oración el aporte natural, para escalar a lo sobrenatural.
Pero a causa de la división, hay quienes han dado más importancia a la oración, y quienes, al trabajo. Y esto fue como haber separado el primer mandamiento, que se refiere a Dios, del segundo, que es semejante a éste, y se refiere al hombre.
Cuando se actuaba según la ley del Evangelio, el trabajo para ganarse el pan contribuía a elevar el alma y ganarse el Paraíso. De manera recíproca, la unidad con Dios (que es fuente de la vida y la alegría) actuaba sobre el trabajo ennobleciéndolo, hasta convertirlo en elemento redentor del espíritu.

Igino Giordani, El Patrono de Italia – San Francisco hoy, op. cit., págs. 177-178

El trabajo y el materialismo

En el sistema materialista, en el que el trabajo invade el puesto de las cosas divinas, no hay más lugar para el movimiento del espíritu, que consiste en aferrarse asiduamente a Dios, hasta unirse a Él. Hoy en día se potencia la acción y se anula la contemplación; el activismo provoca una usura física, a través de la cual el alma queda extenuada hasta la desolación, hasta la desesperación. De ahí estas náuseas y esta angustia que ciertos filósofos presentan como característica propia del individuo disociado del colectivismo gregario.
Y se obtiene como resultado la desintegración gradual de la persona humana. Naturalmente, los hombres se defienden, sobre todo -quizá- donde el activismo ha tomado el ritmo de un frenesí, como dice Krause sobre su país: donde, de hecho, se han generado manifestaciones más populares y sugestivas del contrataque espiritualista o, más aún, místico.

Igino Giordani, El Patrono de Italia – San Francisco hoy, cit. Pág. 182

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