Como monjestappa 103

La Iglesia, sin importar el lugar, quiere que todos sus miembros sean santos; separados del mundo y a la vez comprometidos en él, con un cristianismo integral. San Juan Crisóstomo les decía a los habitantes de Antioquía que los quería como monjes, menos en el celibato; lo mismo quería otro monje, Savonarola, de los florentinos. Ambos anhelaban que los cristianos hicieran su viaje sobre las calles de esta tierra -cosa ardua- como monjes. Sustancialmente, santa Catalina de Siena les enseñaba a todos este ideal monástico; también a los laicos, aconsejándoles que se retiraran en la celda de su propia conciencia, haciendo de ella un refugio para poder, aun en medio de los afanes, las armas y el ruido, recuperar la propia integridad.

Igino Giordani, Signo de contradicción. Ciudad Nueva, Roma, 1964, págs. 254, 255

La Iglesia

La Iglesia es un organismo vivo; no podemos estar dentro de ella como miembros muertos. Sin embargo, los daños más graves no le vienen de los perseguidores externos, sino justamente de los flojos que están adentro, los viles, los indiferentes: los tibios.

Igino Giordani, Nosotros y la Iglesia, Ed. A.V.E., 1939, pág. 65

Laicado e Iglesia

Clero y laicado: un dúo de valores, llamado a unirse en la distinción. Su fuerza redentora está en la mutua colaboración… Catalina nos muestra que aquellas paredes levantadas entre sacerdotes y laicos, entre consagrados y casados, están hechas a base de una neblina que cualquier soplo de viento puede disipar, para hacernos descubrir que se trata de una única familia, una sola comunidad: el único Cuerpo místico de Cristo. Sus deberes son distintos, como distintas son las vocaciones; pero esta diversidad no desgasta, sino que protege la unidad, basada en la igualdad fundamental que nos da el hecho de ser, todos, hijos de un único Padre.

Igino Giordani, “Nueva Humanidad”, No. 210, noviembre-diciembre 2013, pág. 640

El método de Santa Catalina

Con el método de Santa Catalina, los laicos debían santificarse así como eran: casados o no, soberanos o súbditos, pobres o ricos, lindos o feos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos… El estado civil o social no era obstáculo; es más, servía como materia prima, como el medio ordinario para perfeccionarse… La santidad -que ella esperaba de todos- se lograba con un proceso común a todos: que el alma muriera a sí misma, renunciando a todo y modelándose según el Crucificado… El beneficio colectivo que se obtenía de tal ascesis era éste: que la demolición del Yo y la vida comunitaria acababan con el individualismo que, en los siglos sucesivos, se convirtió en el virus más destructivo de la sociedad.

Igino Giordani, “Nueva Humanidad”, op. cit., pág. 640

De la Tercera Orden Dominica

Entre nosotros, debemos hacer realidad la unidad deseada por Jesús en su testamento. Si estamos unidos en su nombre, Cristo está en medio de nosotros; y con Cristo en medio nuestro, erigimos Iglesias vivas en el mundo, en medio del tecnicismo, el materialismo y la indiferencia… Toda fraternidad dominica debe convertirse en una célula que distribuye, no odio, sino amor; que ofrece a Dios, que da Vida… La Tercera Orden, realmente, debe volver a ser una Orden, es decir, una comunidad. Y una comunidad supone una comunión -una comunión de bienes espirituales y temporales, con una jerarquía, una norma, una disciplina. ¿Qué se genera con esto? Que entre los hermanos -si son tales- se da una corriente obligada de solidaridad y comunión. En la práctica, se pone fin a las relaciones actuales que, para muchos, se agotan en el encuentro mensual, después del cual cada uno vive por su cuenta. Todo terciario, en cambio, debe formarse para hacerse uno con cada hermano.

Igino Giordani, “Nueva Humanidad”, op. cit., pág. 638

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