tappa 100A los ojos de María

La piedad con los débiles, los enfermos, los derrotados, los adoloridos… a los ojos de un pagano podría parecer debilidad y, en cambio, a los ojos de María -que es el amor y, por lo tanto, la compasión, la indulgencia, la caridad heroica, la renuncia por amor al hermano- eran gestos de una fuerza magnánima, de un valor incalculable; de una grandeza que sobrepasa cualquier medida terrena. Es vil, débil y desgraciado el que no siente piedad; el que no ayuda a su hermano en necesidad; el que no llora con él ni comparte sus pruebas.
Es vil aquél que sale huyendo ante el hombre herido en la calle; el que huye de los deberes humanos y divinos. Si uno te da una bofetada, y tú de inmediato se la devuelves, quiere decir que no supiste dominarte; no tuviste fuerzas para detener la espiral de lo inhumano. Si, por el contrario, te dominas y no te vengas, realizas un ideal superior, que deja solamente cosas buenas, allí donde la venganza inicia una secuela de cosas malas.

Igino Giordani, El único amor, Ciudad Nueva, Roma, 1974, pág. 68

El Magnificat de María

Dios “auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia…”, concluyó María: significa que la autoridad divina tiene su culmen en la misericordia. Afirmación que se verá confirmada con el comportamiento de aquel Jesús, cuyo amor inspira a María; ya sea cuando da de comer a la multitud y cura enfermos; ya sea cuando flagela a los mercenarios en el templo y grita condenas contra los hipócritas. El concepto de misericordia se hace realidad en toda la existencia de María; en su intercesión a través de las generaciones que la llamarán bienaventurada: un título que es fruto de la gratitud de millones de creaturas, incluso no cristianas, gracias a la piedad inagotable, rica en obras, con la cual ella acude en ayuda de todos.

Igino Giordani, El único amor, op. cit., pág. 69

La misericordia

La misericordia, como expresión heroica de la caridad, es la esencia de la acción redentora de Dios y de la piedad de María y de los santos; de la Iglesia y de muchos hijos de Dios. Es la vida en plenitud: Cristo en medio de nosotros. Al leer todas estas transformaciones obradas por el Omnipotente, de labios de la Virgen de Nazareth, no pocos cristianos han visto en el Magnificat un texto revolucionario. Es cierto. Es, de hecho, el himno de la revolución cristiana. Pero su aspecto más revolucionario recae justamente en este principio: la misericordia. Gracias a ella no destruye, sino que crea; porque el amor no produce nada distinto del bien. Como dirá Zacarías poco tiempo después, en aquella misma casa, ante el nacimiento del Precursor: vienen grandes cambios “por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, (…) nos visitará el Sol que viene de lo alto, para iluminar a los que caminan en tinieblas y en sombra de muerte…”. El Magnificat especifica los pasos del proceso de evolución, cambio y renacimiento en el cual se traduce el ideal evangélico desde el punto de vista social, político y espiritual. Un cambio que parte del amor y se concreta en la misericordia”.

Igino Giordaani, El único amor, op. cit., págs. 69-70

María Desolada

Así como se injertan en el corazón de la gente humilde -y hacen daño- las tragedias de su tiempo, así en el corazón de María se condensó aquella tragedia, que investía a la humanidad de todos los tiempos en la persona del Hijo; y, humanamente, Ella estuvo en lo más íntimo de aquel dolor. La Desolada. ¿Cómo podríamos amar a María Desolada, comprenderla (= tomarla con nosotros), y estar unidos como hermanos si no sufriéramos también nosotros? ¿Si no bebiéramos, al menos, una gota de aquel diluvio de angustia que inundó su corazón?

Igino Giordani, María, modelo perfecto, Ciudad Nueva, Roma, 1988, págs. 121-122

Oración-trabajo-sufrimiento-gozo

María era pobre: pero gracias a la luz evangélica de su Hijo, aceptaba aquella pobreza como un aspecto de su libertad. Para definir su conducta sería suficiente decir que amaba a todos, a cada uno y siempre: era la sierva de Dios en la persona de los hijos de Dios. La alegría de María era Dios en ella: Dios que daba sentido y valor a todo lo que le sucedía, inclusive, al sufrimiento. Después de Jesús, ninguna otra creatura -realmente- tuvo que sufrir como ella; sólo que ella no absorbió su dolor, sino que lo convirtió en combustible de su amor. Oración, trabajo, sufrimiento, gozo…: María no tenía tiempo de aburrirse. El tiempo libre lo dedicaba a servir; las horas de silencio y reposo las usaba para meditar.

Igino Giordani, María, modelo perfecto, Ciudad Nueva, Roma, 1988, págs. 215-217

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