Dios Amor

Dios existe porque existe el amor. El amor existe porque existe Dios. De hecho, Dios es amor. Él vive porque da la vida. Tú respiras; por lo tanto, existes físicamente. Tú amas; por lo tanto, existes tappa 99 2espiritualmente. Si no amas, es como si no respiraras: estás muerto en el alma. -Pero… -dicen- Dios no se ve. -Es cierto: no se ve con los ojos del cuerpo, porque es puro espíritu; mientras que, en una época, cuando se hizo hombre en Cristo, se le apareció a todo un pueblo. Pero podemos contemplarlo con los ojos del espíritu, porque es amor y el amor es espíritu y, como tal, se experimenta, se vive. De hecho, podemos experimentarlo continuamente en la relación con los hombres, si nuestro amor es puro. Cuando entramos en contacto con los niños, vemos que en sus ojos resplandece una luz, que viene de otra constelación.
De la misma manera sucede cuando nos acercamos a aquellos apóstoles, servidores de la humanidad, sacerdotes, que viven sólo de su ideal; son vírgenes, totalmente entregados a Dios, y trabajadores de todo tipo, animados por el sentido de probidad, a cuyo alrededor se respira otra atmósfera, que supera la dimensión material. En ella es fácil encontrar creaturas ligadas a un amor, que es otro Amor, y que prolongan la inocencia de María y el sacrificio de Cristo.

Igino Giordani, El único amor, Ciudad Nueva. Roma, 1974, pág. 9

La noche oscura

La revelación de Dios al alma se asemeja a la educación que dan los padres a los hijos, usando al mismo tiempo caricias y reproches, en medio de lágrimas y risas. Del mismo modo hace el Eterno Padre. Nuestra intimidad con Él crece, si crece en nosotros la purificación. Mientras más lo amamos, más lo sentimos. Algunos místicos, al vivir esta experiencia, en el culmen de la consolación pasan por fases de desolación: es la noche oscura. Sucede con frecuencia en el período de la vida en el cual esperamos una mayor comprensión de parte de los otros. Y, en cambio, es justo entonces cuando el hombre no comprende ya -y teme no ser comprendido tampoco-. Es la purificación, gracias a la cual la relación se convierte en puro don divino. Y de ello resulta una enorme serenidad para el que convive con el Amor encarnado, de la cual surge una alegría que nada, ni la peor traición, podría turbar.

Igino Giordani, El único amor, op. cit., págs. 10-11

Ignorancia y conocimiento

tappa 99 1El ruso Gagarin, al regresar de un viaje espacial, contó que no había encontrado a Dios en el aire. El norteamericano Armstrong, en otra nave espacial, al poner el pie en la luna elevó con sus compañeros astronautas una oración a Dios. La actitud de Gagarin es un signo de que, bajo la apariencia de la ciencia, se puede crear una gran nube de ignorancia en torno al Creador del universo: tan densa, que hace pensar en Dios como un elemento volátil en el espacio, o un leve rayo entre las nubes.
En la religión, el conocimiento y la ignorancia están primero inscritos en el corazón y luego, en la mente; son elementos personales, primero, y luego, elementos culturales. En religión, conocimiento equivale a amor. Conocemos si amamos: de este modo, conocer a Dios es vivir su amor, que es vida eterna: y la vida eterna -dice el Evangelio- consiste en esto, “que te conozcamos a ti, el único y verdadero Dios, y a aquél que has enviado, Jesús”.

Igino Giordani, El único amor, op. cit., pág. 12

El rostro de Dios

A Moisés, ávido de contemplar la gloria de Dios, el Señor le dice: “Tú no puedes contemplar mi rostro, porque ningún hombre puede contemplarme y quedar vivo” (Éxodo 33, 20). No podemos ni siquiera contemplar el sol en ciertas horas, porque nos enceguece. Podríamos arder en él. La ascética comprende esta imposibilidad. Si Dios es el infinito, nuestro acercamiento a Él debe ser conforme a su naturaleza, tal como nos la presenta Jesús, y consiste en amarlo cada vez más, descubrirlo presente en todas las cosas que hagamos, pensemos o digamos; consiste, en resumen, en perderse en Él para ser como Él. Ésta es la meta: ensimismarnos en Dios, unificándonos con su voluntad hasta convertirnos, por amor, en Él; aun sabiendo quién es Él y quiénes somos nosotros.

Igino Giordani, El único amor, op. cit., pág. 12

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