Los lugares del Evangeliotappa 97

Conocer los lugares del Evangelio es una manera de volver a acercarse al Evangelizador, y comprender con más claridad las alusiones de sus discursos, así como el ambiente geográfico e histórico en el cual se desenvuelve su historia. Como lo reconoció Monseñor Piero Rossano, al comentar el libro de Wolfang E. Pax Por donde Él pasó, “el lector tiene la oportunidad de sentirse contemporáneo con Jesús, y de seguir paso a paso su vida terrena”.
Uno vuelve a ver -y comprende mejor- a Jerusalén, la ciudad de David, centro perpetuo de paz y de guerra, con los callejones y vericuetos en los que pululan las multitudes, como cuando Jesús se mezclaba con el pueblo para liberarlo. Cuevas, ruinas, edificios nuevos, templos cristianos, paredes antiguas… todo sirve para hacer revivir la misión del Mesías en el tiempo de hoy.
Por todas partes, los signos de la destrucción bélica y de la agotadora reconstrucción, muchos de los cuales fueron dejados por gente que venía de lejos (pensemos en las cruzadas), en su gran cantidad y variedad, evocan una vez más la existencia del Salvador en los aspectos externos de ciudades y campos, y hacen que Él realmente vuelva a aparecer, no sólo en la escena del Calvario, sino en la historia vivida a través de los siglos, durante los cuales se ha confirmado aquel “signo de contradicción”.

Los Palestinos

Los Palestinos son “gente reservada que no traiciona fácilmente los propios sentimientos; no se les oye jamás una risa, y de Jesús nunca se dice que haya reído. A lo más, llegó a sonreír, como cuando miró al joven que buscaba la vida eterna, y le demostró así su profundo afecto”.
Sobre las faldas de la montaña que surge en las inmediaciones de Cafarnaúm, Jesús proclamó la carta magna de un nuevo orden: el orden de la caridad, formado por las bienaventuranzas, sencillas y elevadas al mismo tiempo. Hoy, se erige allí un templo que mira al lago con su indescriptible belleza y recuerda el humilde y solitario lugar donde se anunció aquel descubrimiento de Dios a través del amor, la paz y la pureza.
La gente humilde que escuchó aquellas palabras -a través de las cuales la religión, antes que ser un rito se convirtió en resurgimiento de las almas, en coloquio con Dios y en amor por los hermanos, tuvo el coraje de decirles a los sacerdotes -que buscaban matar a Aquel que generaba la vida-: “Ningún hombre ha hablado jamás como habla éste”.

La piscina de Siloé

Aún hoy, la piscina de Siloé es sagrada para cristianos, musulmanes y judíos; y gracias a una nueva visión de las cosas, entendemos que una piscina también puede servir para reconciliar a hombres y mujeres que se han odiado e incluso agredido durante siglos.
Igualmente, la festividad de la Pascua constituye aún hoy motivo de reconciliación: conserva su auténtico valor. En tiempos de Jesús, “la fecha de la Pascua variaba. según los datos aportados por Juan y por las fuentes de los Qumran, podemos pensar que Jesús celebró la Pascua con sus discípulos unos días antes de la fecha oficial”.
Así mismo en el Cenáculo, donde se celebró el más alto de los misterios, se encuentran las tres religiones: judía, musulmana y cristiana, en un espíritu de veneración y de adoración por el mismo Dios, con la conciencia de los mismos deberes legados al antiguo Israel, y a quienes prolongan el destino de este pueblo. Entre los elementos vinculados a la Pascua, el Cenáculo nos recuerda sobre todo la Eucaristía, momento preliminar de la pasión de Cristo y de nuestra redención.

La vista de Jerusalén

La vista de Jerusalén, con sus ramos de olivo -como sucede todavía hoy- provoca la cruda impresión de un espasmo, de la agonía que sufrió el Señor.
En el Muro de las Lamentaciones, las campanas de las iglesias anuncian el Ángelus “para dar a conocer la feliz noticia de que Jesús de Nazareth no pertenece al pasado, sino que permanece vivo entre nosotros. Los judíos ortodoxos, a su vez, rezan delante de este muro por la paz de su país. Y desde lejos se escucha el llamado del almuecín que invita a los musulmanes a la oración”.
Lo antiguo se hace presente en la religión, así como en Dios todos los tiempos se vuelven presente. Aquí, la presencia de los siglos pasados nos da la seguridad -y la dirección- de los siglos futuros. En estos lugares se participa -con más realismo y autenticidad- de los sufrimientos y de la resurrección de Cristo: sufrimientos a los cuales estamos asociados para poder participar de la resurrección, tanto más radiante, cuando más lúgubres son los aspectos del culto moderno de la muerte.

Igino Giordani, Ciudad Nueva, abril 1971, No. 7. Págs. 17, 18, 19

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