tappa 94El deber ser de Europa

La unidad de Europa es otra etapa en el camino hacia la unidad del mundo; un avance y un logro, bajo la presión de los pueblos, del derecho natural, de la revelación cristiana, de fuerzas morales y espirituales, a las cuales se suma la presión económica y política, científica y tecnológica que gravita hacia la unificación: fin último de la razón y de la moral: de la vida en el tiempo y en la eternidad.
Para Clemente Alejandrino -heredero de la sabiduría helénica- la unidad es el bien y genera la vida; la división es el mal y, por ende, genera la muerte. La civilización crece tanto en cuanto unifica las almas.
Para Huxley, el verdadero progreso de una civilización equivale a su progreso en la caridad. La caridad es el sentimiento que induce a hacer, de todos, uno solo: no por casualidad es el alma de Cristo, cuyo testamento concluye con esta máxima: “que todos sean uno”. La caridad conduce a la integración, a la comunión, a la solidaridad, también en la política y en la economía. Y justamente aquí -al hablar de las fuerzas esenciales que priman en el camino hacia la integración europea- no queremos resaltar las fuerzas espirituales, sino sobre todo los aspectos político, económico y social.

Igino Giordani, “Fides”, mayo de 1961, pág. 130

Europa y el cristianismo

El continente europeo está cargado de rencores, como en un depósito de explosivos: se mantienen vivos a base de filosofías y falsos patriotismos, mitologías e intereses egoístas. Para no explotar, Europa necesita eliminar todo este material inflamable: le urge una reconciliación universal que la libere del pasado y la purifique hacia el futuro.
¿Quién puede hacer realidad “este ministerio de la reconciliación”? El cristianismo: esa reserva de santidad que todavía custodia y comunica a otros continentes. El cristianismo contiene en sí mismo la unificación en la paz y en la libertad; suprime las guerras y todos los motivos de conflicto.

Igino Giordani, “Fides”, mayo de 1961, pág. 131

Conciencia del Cuerpo Místico en Europa

El aporte de la religión no va directamente a la estructuración de las instituciones, sino indirectamente a la formación de los espíritus, que no consiste sólo en transmisión de enseñanzas y tradiciones; más bien, se trata de una singular puesta en marcha de la conciencia unitaria, propagada como una dilatación de espacios: desde la persona, liberada por la Redención, hacia la socialidad -suscitada por la caridad- de la familia, la comunidad, la nación, el continente y el mundo. La unidad es el epílogo, la meta de la Redención, el culmen de la historia. En este sentido, hoy actúan dos grandes impulsos unificadores:
-    El progresivo sentido del Cuerpo Místico;
-    El ecumenismo que renace entre las denominaciones cristianas.
Dos impulsos que, a la vez que rectifican las corrientes y eliminan las pasiones de las cuales procede la disección de Europa, suscitan, en una nueva medida, las energías espirituales capaces de dar un alma a esta unión política; capaces de infundir la gracia divina a esta acción humana; capaces de hacer popular y sacra, a la vez, la realidad de la unidad.

Igino Giordani, “Fides”, mayo de 1961, pág. 131

El alma de Europa

Europa ya tiene un alma: el cristianismo, su esencia y su génesis, aunque esta alma esté cargada de ideologías heréticas (todas las ideas revolucionarias -decía Benedetto Croce- proceden de la única revolución verdadera que es el cristianismo). En este espacio espiritual común, también los factores materiales y humanos se funden y se elevan, vivificándose con un ideal universal.
De este modo, los pueblos de Europa -reavivando los principios constitutivos de su historia, fundiéndolos en la llama ideal de la solidaridad, fruto del amor que es inteligencia divina- encontrarán en la racionalidad de ese amor, en la convivencia con él, en la urgente necesidad que se tiene de él, la solución primordial a sus problemas: todo esto en un momento decisivo, en el cual una guerra interna -que más que nunca se percibe hoy como irracional y fratricida- podría provocar la catástrofe definitiva. El amor, en cambio, poniendo a circular el bien y los bienes, podrá traernos la salvación definitiva.

Igino Giordani, “Fides”, mayo de 1961, pág. 131

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