El momento presente

Con la certeza de que la Providencia vela por nosotros y que el Padre, así como alimenta los pájaros del cielo y los lirios del campo, también nutre a las creaturas racionales -liberándonos del agobio de un porvenir incierto, que contappa 93 frecuencia se ve como un abismo lleno de insidias-, Jesús alivia el espíritu de una de las penas más tormentosas, aquella por la cual la vida se convierte en agonía: en no vivir; de esa magnitud es el dolor de nuestro corazón cuando nos proyectamos hacia el futuro. A cada día le basta su propio afán: y a cada día le basta el pan cotidiano. La vida que podemos vivir es la del momento presente: ¿quién tiene la garantía del mañana? Por tanto, no vale la pena angustiarse por un porvenir que no conocemos y que, quizás, no nos pertenecerá. Pensar así nos facilita y simplifica la existencia.

Igino Giordani, El mensaje social de Jesús. Ciudad Nueva, Roma, 1966, pág. 302.

Los amigos de Jesús

Los amigos de Jesús son mendigos, pecadores, campesinos, enfermos, pescadores, mujeres atribuladas, niños; también fariseos y ricos doctores de buena voluntad; en resumen, todo el pueblo con sus distintas clases sociales. Cuando Él pasa, siempre hay a su alrededor una multitud que lo sigue y lo apoya; lo invoca y lo aclama, y también lo protege de los delatores y sicarios, ministros de los explotadores del pueblo. Una multitud que expresa, por boca de una campesina, su grata admiración con gentil ternura: “¡bendito el seno que te llevó!” Bendito el seno de María, una joven del pueblo, esposa de un “faber lignarius” [un carpintero].

Igino Giordani, El mensaje social de Jesús, cit., pág. 326.

El albañil del Evangelio

El hombre de la mano seca era -según un extracto del Evangelio de los Nazarenos citado por San Jerónimo- un obrero que se dirigió al Salvador con estas palabras: “Yo era un albañil y me ganaba la vida con el trabajo de mis manos: te ruego, Jesús, que me restituyas la salud, para que no tenga que pasar por la vergüenza de mendigar”.
Y la mano enferma se sanó; y el obrero se fue feliz, tendiendo aquella mano con la cual sería capaz de ganarse la vida, porque un trabajador detesta mendigar. Y la sociedad palestina ganó, porque tenía un discapacitado menos; al cabo de tres años, logró tener muchos discapacitados menos. Jesús, en su ley, aprueba la limosna; pero con sus milagros también pone, a quien la recibe, en capacidad de dejar de pedir y regresar a su trabajo: y así sana las heridas sociales de muchos.
Él, al estar en esta dimensión contingente, podría haber resuelto todos los problemas de la gente de su tiempo. Sin embargo, no nos habría dejado el espíritu necesario para resolverlos en los tiempos posteriores; sin mencionar que habría desencadenado una destrucción social en la cual, los primeros afectados, habrían sido justamente los trabajadores del pueblo.

Igino Giordani, El mensaje social de Jesús, cit., pág. 342.

El amigo Lázaro

"Miren cómo lo amaba”, dicen las personas al verlo llorar. Y después de haber probado, como hombre, la congoja del amor lastimado por la muerte física, vuelve, como Dios, a vencer la muerte. Pero el impulso a la acción sobrenatural estuvo animado por el sentimiento natural: casi como si el hombre hubiera precedido a Dios.
Entonces gracias a su ejemplo, la piedad y la misericordia, lejos de considerarse debilidades, constituyen un precepto primordial: expresión del amor ante las miserias de los hombres; él cura a los enfermos y acompaña sus prodigios con una sonrisa, un gesto, una palabra de afecto. A la hemorroísa curada, Jesús le dice paternalmente: “Hija mía”.

Igino Giordani, El mensaje social de Jesús, cit., pág. 360.

Los alejados

Al vernos, los alejados deberían ver a Jesús, si nuestra vida fuera el reflejo de la suya. Sólo imitando a Jesús podemos construir nuestra personalidad, dándole lineamientos sobrenaturales. Los dones naturales nos servirán como material para la construcción.
Si eres santo, reflejarás a Jesús y lo harás conocer y amar. Lo que importa es reflejar el cielo; y si el espejo es bello, es por el cielo que se refleja en él. En el fondo, no es el espejo el que es bello, sino el cielo. Si el santo es objeto de admiración, lo es porque el Señor ha tomado posesión de su alma: “es Dios quien se hace admirable en sus santos”. El santo sólo hace esto: dejarse poseer.

Igino Giordani, «Nueva Humanidad», 2013/6, págs. 629-646.

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