tappa 92Las guerras

Todas las guerras son una violación a la voluntad de Dios, que nos hizo hermanos y nos puso a vivir en la paz, según una ley de amor. Combatir a los hermanos con las armas significa convertirnos en homicidas. Y el homicidio es obra de Satanás, llamado -de hecho- el Homicida, porque se propone destruir en el hombre la obra maestra del Creador. Y, como todo mal hecho al hermano es hecho indirectamente a Cristo, el homicidio no es otra cosa que un deicidio en imagen: en la imagen de un hombre. Una repetición de la crucifixión en la persona de los redimidos; y las guerras se convierten, por lo general -de parte de quienes la provocan por el hambre de conquista o de soberbia- en un ataque forzoso contra el orden divino: una rebelión contra el Creador.

Igino Giordani, El Patrono de Italia – San Francisco hoy, Pontificia Obra para la conservación de la Fe, Roma 1955, pág. 160

San Francisco y la Paz

Francisco puso paz entre un lobo y la gente de Gubbio; y la paz se conservó gracias a un pacto estipulado por la gente, según el cual se comprometían a alimentar a la fiera. Mucha gente se vuelve feroz como los lobos porque no da de comer: y uno de los medios de pacificación -más duraderos que los conflictos bélicos- es el de nutrir a la población que está mal alimentada. Las causas profundas de la guerra, que se presentan bajo ropajes mitológicos de patriotismo, nacionalismo, clasismo e incluso religión, también están aquí: en la miseria de algunos pueblos que, aunque estén en la miseria, se multiplican. Y las personas con hambre, cuando ya no pueden más, explotan: asaltan, roban, matan, hacen la guerra.

Igino Giordani, El Patrono de Italia – San Francisco hoy, cit., págs. 160-161

¡¿Cuál verdad?!

La humanidad gasta en armas las tres cuartas partes de su presupuesto, para terminar exterminando sus ganancias: tira los bienes que posee para no conquistar los que no posee. De hecho, las guerras modernas no procuran ninguna ganancia: sólo representan pérdida; hacen daño tanto al vencido como al vencedor. Es más, el que vence, para no hacerse más daño, debería correr a ayudar a quien pierde. La guerra es tan absurda, es una tragedia tan inútil, que no sirve ni siquiera para los poderosos. Todavía quedan algunos “guardianes” de privilegios y riquezas que se dedican a hablar de la guerra, a imponerla obligando a comprar armamento. Y naturalmente, si un pueblo se arma, llega a la guerra porque -como decía Napoleón- en cualquier momento los fusiles disparan.

Igino Giordani, El Patrono de Italia – San Francisco hoy, cit., pág. 163

La Paz

La paz es una exigencia de la naturaleza: nacemos para vivir. Por eso, el pueblo está para la paz y el tirano, para la guerra. Podemos decir que la tiranía es, en estricto sentido político, la guerra. El hecho de que un Estado provoque una guerra es la prueba evidente de que ese mismo Estado traiciona a su pueblo. La historia nos muestra muchos casos de tribus, ciudades, regiones, pueblos y Estados exterminados, en los cuales la gente anhelaba la paz (comerse en paz un bocado de pan para crecer en forma civilizada) y los gobiernos, con cualquier motivo o pretexto, promovían guerras frecuentes que sólo producían daño y ruina.

Igino Giordani, Las dos ciudades, Ciudad Nueva, Roma, 1961, págs. 313-313

La Paz y la Ciudad

Lo que favorece la paz de un lugar es el Evangelio, que inspira una política pacífica; la otra es una política cuya paz es la de este mundo; es decir, un aparato de guerra: una carga de explosión retardada, pero que un día explotará.

Igino Giordani, El Padrenuestro, oración social. Devotos, Salò, 1946, pág. 13

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