17 de septiembre de 1948

Esta mañana, en Montecitorio, vino a encontrarme un grupo de ángeles: un capuchino, un fraile menor, uno conventual, un terciario y una jovencita, Silvia Lubigtappa 91 (¡sic!), quien está iniciando un movimiento comunitario en Trento, y me habló como habla un alma inspirada por el Espíritu Santo.

2 de septiembre de 1949, Trento

Hoy, en la Iglesia carmelita de los Lastos, me doné por completo al Señor con la fórmula que me dio Chiara Lubich: “Jesús, quiero ser tuyo: tuyo como entiendes Tú: haz de mí todo lo que quieras”.

26 de septiembre de 1954

Que Dios me arranque de mi propio hombre viejo, de estos escombros que quedan después de un diluvio de pecados: que merezca el odio y el olvido si no lo veo sólo a Él; si no veo en mis hermanos su imagen; y en la naturaleza, su proyección.

19 de septiembre de 1955

Sea que vaya en el tren, en la oficina o por la calle, permanezco en tu seno, Oh Trinidad Santísima: Tú me llevas en Ti y yo te llevo en mí; y mientras me encamino a la muerte física, crezco en Ti, subiendo por los senderos del ascenso místico. De ese modo, esta cosa aburrida, monótona y triste que es la vida en la vejez, se convierte en una suerte de liberación juvenil, un impulso de alas para saltar hacia la Eternidad, en medio de tu sol, oh Trinidad increada, al lado de María y de los santos; de Pablo, Agustín, Francisco, Chiara, Catalina, Teresa… de esta multitud de almas que no mueren. 

1º de septiembre de 1958

Aquel que nos menosprecia y ofende es, en realidad, un colaborador, que le da a nuestra jornada el sabor -y el color- de la sangre de Cristo Crucificado. Cuando nos sentimos abandonados, entonces estamos con Él en la cruz: estamos abandonados con Él: somos un único Cristo que grita.

2 de septiembre de 1958

Si tú te anulas, Dios te colma de Sí mismo. Si te pones en el terreno de la humildad, te pones en el terreno de la alegría, donde los problemas se resuelven: allí no buscas la riqueza, pues amas la pobreza y así te liberas de la esclavitud económica, en la que la humanidad padece un sufrimiento febril; allí, los ultrajes e incomprensiones te llevan a la virtud, y liberas el espíritu del silicio de la soberbia herida; allí no tienes motivos para erigirte sobre nadie, y ofreces a la caridad -que es la vida- todo el espacio necesario para que pueda circular; vuelves a encontrarte con la familia humana y con la Trinidad divina; vuelves a encontrar la Iglesia y vives como conciudadano de los Santos. Vives en la humildad, en la sencillez, en la tranquilidad y, sobre todo, en la libertad. Te vuelves un imitador de la Virgen, cuya humildad logró la Encarnación: y en cierto modo, tú también encarnas a Dios para darlo a los hombres.

8 de septiembre de 1959

Hoy, Natividad de María, mientras me preparo para ir a Catania donde hablaré en el Congreso Eucarístico, pienso de manera especial en el Espíritu Santo. De las tres Personas de la Trinidad es de la que menos se habla, pero es de la que más nos servimos, por decirlo de alguna manera: y es así porque ella es justamente el Amor: y el Amor sirve. Sirve y se esconde. Dona sin mostrarse. Como María. Razón de más, para que ocupe un puesto cada vez mayor en nuestro corazón. 

24 de septiembre de 1963

Sesenta y nueve años: he llegado a este punto sin darme cuenta. Esperaba tantas cosas de estos años, y los frutos cosechados son distintos de lo que yo esperaba. Se nota que yo cavaba, podaba y cometía errores. Pero el divino Agricultor corregía y vivificaba. Y me ha hecho probar el fruto de la soledad: pero como silencio y pausa para conversar con Él; para estar con Él. Los hombres se alejan de uno por motivos humanos: pero ante cada separación, Él se me acerca más: ahora estamos Él y yo: el Todo y la nada; el Amor y el Amado. Y el diálogo no se interrumpe por el clamor de los amigos ni de los clientes… Entonces, si vuelvo a estar entre las creaturas es para amarlas, sin esperar ser amado; es para servirlas sin esperar ser servido; ni siquiera de aquellos más cercanos a mí, por los lazos naturales y sobrenaturales: ¡tan cercanos y tan lejanos! De este modo, lo que parece un abandono de los hombres es, en realidad, un re-encuentro con Dios -y en Él están los ángeles, los santos, desde María hasta el último de los difuntos que murió en gracia-. Parecía una caída, y fue en realidad un ascenso al cielo. Liberación, en lugar de dispersión. 

(Igino Giordani, Diario de fuego. Ciudad Nueva, Roma (1980) / 2005. X edición. Páginas 88, 94, 99, 102, 119, 126, 164-165).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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