tappa 907 de septiembre de 1965

“Nadie, si no vuelve a nacer, puede ver el Reino de Dios” (Juan 3, 3).
Volver a nacer significa hacerse pequeño, sencillo, humilde. Volver a nacer es volver a ponerse en la humildad, sobre la cual Dios edifica su reino.
Ésta es una verdad fácil de decir, ¡pero cuán difícil de hacer! El orgullo -que es la mirada del hombre viejo- cada cierto tiempo envuelve esta verdad, hecha de sencillez e inseparable de la infancia del espíritu, con una sombra confusa, como la noche oscura. Por ende, la ascesis consiste principalmente en re-crear esta infancia, para despejar las pesadas cargas de la vejez espiritual, hecha de soberbia y llena de ambición. El camino, pues, es el de la obediencia: nuestro puesto en la sociedad es el último: el más cercano a Dios.

26 de septiembre de 1965

Nos lamentamos por la lluvia, o por el chaparrón, o por las desilusiones. Pero son catarsis que purifican la vista y nos hacen ver que lo único que vale es Dios; lo único que cuenta; lo único que queda. Solus cum sola. Parece soledad ante el mundo, pero en realidad nos liberamos de ese caos de los mitos, que se acumula ante nuestros ojos como nubes espesas llenas de truenos.

23 de septiembre de 1971

Mañana es mi cumpleaños. Cumplo 77. No termino de agradecer al Señor por los dones que me ha regalado en todo este tiempo. El cumpleaños, que festejo con mis amigos en la Iglesia, durante la Misa, coincide con uno de esos eventos que, en otra época, me habrían destruido: la amenaza de una fuerte deuda financiera, debido a una explosión causada en la tubería subterránea de un negocio de mi esposa: sólo pensar en su dolor me habría aplastado.
Ahora en cambio, me parece que estoy en un buen punto del proceso de traslación de todos los pensamientos al más allá: hacia Dios. Antes, esos mismos pensamientos se me acumulaban como un gran peso sobre la cabeza; ahora se acumulan bajo mis pies. Se hacen peldaño para lanzarme con más ímpetu hacia el amor Eterno. Las pruebas aligeran el peso de lo humano; rompen el vínculo con la tierra.
1º de septiembre de 1973
Me doy cuenta de que si estoy unido a Él (y esto es lo que Él quiere: de hecho, para eso murió), experimento una gran paz, una alegría luminosa; más allá del dolor causado por mi artrosis y por la fractura del fémur de Mya, que desde hace más de un año está prácticamente inmovilizada. Pero le entrego a Él mis penas; y Él, que es el amor, las carga sobre sí mismo.
Vivir por Él, libres de rencores, de codicia, de envidias; libres, incluso, de la vanidad de sobresalir, de ser famosos, de recibir premios… Esto es lo que significa estar en el mundo como hijos de Dios; es decir, potentes y provistos de la libertad de los hijos de Dios; por lo tanto, imposibles de aplastar, imposibles de secuestrar y nunca, absolutamente nunca, oprimidos. Siervos por amor, es decir, con libertad, sí. Pero esclavos y de rodillas frente a los potentes y a los ricos, no, ¡jamás!

30 de septiembre de 1978

Con respecto a Dios y a los hombres, la fe suscita una relación de convivencia que se vuelve confianza. La casa está llena, aunque no haya nadie; en la atmósfera, que es el aliento del Eterno Padre, María está conmigo de distintas maneras, siempre amorosas. Está Santa Catalina; están las personas de la familia en fotos, como si estuvieran allí, omnipresentes. Y se siente esa confianza por la cual cada alma se abre a la otra, en continua donación, generando sólo alegría.
Yo diría que el pecado original, del que derivan todos los males de la sociedad, consiste sobre todo en rechazar la unidad con el prójimo. En cierta medida el pecado, el mal, en las casas y en las ciudades, consiste en preferir la división, las clases, las castas, las diferencias, para truncar el paso de Dios entre los hombres.

Igino Giordani, Diario de Fuego. Ciudad Nueva, Roma (1980) / 2001, 10a edición. Páginas 179, 180, 195, 204, 235.










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