Virtud social

tappa 87La unidad, virtud social por excelencia, es en el cristiano un principio injertado por Cristo y plasmado en la esencia misma de Dios, que es uno en tres Personas distintas. Por lo tanto, la unidad vive, por constitución intrínseca, en la sociedad de los fieles que es la Iglesia, pero no puede dejar de impregnar la sociedad civil, compuesta también por cristianos que no podrán ni robarse ni combatir entre ellos en el terreno social, si recorren el mismo camino en el terreno religioso. Se entiende con esto, no que la unidad espiritual sea suficiente para eliminar las discrepancias político-económicas; no, sino que las atenúa y disminuye, reconduciéndolas a su relatividad y contingencia. Y, sobre todo, que aporta el espíritu necesario para frenar también las diferencias de orden material y así fomentar la solidaridad, el encuentro, el deber de soportarnos mutuamente, e impide siempre que la competitividad civil se convierta en impulso para violar la esencial virtud de la caridad.

(Igino Giordani: El mensaje social de Jesús. Ciudad Nueva, Roma, 1966, pág. 419)

Las divisiones

 

Entre cristianos auténticos, ni siquiera los partidos políticos o las divisiones de clase pueden generar hostilidad entre puntos de vista diversos: aunque cada uno pertenezca a una asociación, clase económica o grupo de distinto rango, no pueden -si son cristianos- olvidar que hacen parte de una única familia, esencial, divina, insustituible, que está por encima de todos los partidos y las clases sociales, porque está injertada en lo Absoluto y destinada a asegurarnos una felicidad eterna, superior -por tanto- a las alegrías temporales, momentáneas, de la vida terrena. El cristianismo imprime carácter, según los principios de concordia y fraternidad; y este carácter moldea, gracias a la educación espiritual, también las relaciones terrenas.

(Igino Giordani, El mensaje social de Jesús, cit., pág. 420)

Caridad y unidad

 

La caridad es un fuego que devora y consume los muros que dividen: pasiones, errores e incomprensiones, y conduce los espíritus hacia la misma unidad que une al Padre con Jesús. De este modo construye la sociedad humana a imagen de la sociedad trinitaria, donde coexisten tres Personas y un solo Dios, porque se aman entre ellos de tal modo, que cada persona se unifica con las otras, pero mantienen su distinción para poder amarse auténticamente. La división es pecado, dirían los Padres griegos de Alejandría.

Así, mientras la unidad injerta a las creaturas en el único cuerpo místico de Cristo, y genera una convivencia que -por la caridad- se hace humana y al mismo tiempo divina, las hace convivir ya desde esta tierra con Dios. Y un único Espíritu Santo vincula hombres mortales con personas divinas. Es el culmen de la elevación religiosa, y genera la divinización del hombre, que no está nunca aislado sino más bien, a través del hermano, se hace “sacramento” de Dios: está en Cristo y Cristo está en Dios; es una cadena que injerta la eternidad -con la “perfecta alegría”- en la existencia terrenal. Y así, se da muerte a la muerte.

(Igino Giordani, El mensaje social de Jesús, cit., págs. 420-421)

 

Unidad y familia

La familia es sana tanto en cuanto está unida. La unidad tiene un valor tal, que se ha convertido en el punto dominante del pontificado en los años de posguerra: de hecho, responde a la exigencia vital de una sociedad que, si no se une, perece. Pero la unidad externa, social, civil, política y religiosa comienza en la familia. Por lo tanto, para cumplir una tarea tan ardua, la familia necesita reforzar y alimentar la unidad con la sangre de Cristo: aferrarse a la Eucaristía que es el cuerpo, la sangre y la divinidad de Cristo. Y la unidad da la paz.

(Igino Giordani, Laicado y sacerdocio. Ciudad Nueva, Roma, 1964, pág. 183)

Pluralidad y unidad

La pluralidad y la unidad coexisten; y por la gracia del amor, por la acción del Espíritu Santo que sopla donde quiere, la vida se vuelve un juego unitario y trinitario -como una onda que se abre y cierra   incesantemente-; juego que permite encontrar y convocar, en todo momento, la presencia de Dios en medio del drama de la humanidad, para celebrar una Misa mística que, a manera de prolongación de la Eucaristía en la Iglesia, se realiza 24 horas al día en la casa y en las calles, en la oficina y en el campo, en la empresa y en el mercado… donde quiera que dos creaturas se unan en el nombre de Dios.

(Igino Giordani, La divina aventura. Ciudad Nueva, Roma, 1993 (1960), pág. 36)

 

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