Gestos y palabras de Jesús

tappa86En Jesús, la profundidad del pensamiento no es sinónimo de complicación. Platón, que es quizás es más “límpido”, mientras más profundiza más se oscurece; del mismo modo Pablo, Agustín y Dante. Pero Jesús es siempre claro, diáfano. Quien quiere comprenderlo, lo hace de inmediato. La suya es una visión de águila, desde la máxima altura, y no acepta sombras. Estando en el mundo como su creador, aprecia la naturaleza, la ama como cosa suya y extrae de ella los frutos más exquisitos y los alimentos más sabrosos; es verdad que la idea viene del cielo, pero viene para germinar en la tierra como la vid, como el sicómoro, como el agua de la fuente.
La ciudad de Dios, establecida en la mente del Verbo -el Logos- presenta escenas de pescadores, de aguas y colinas, de viñas y rebaños, torres y pueblos; todo, porque Él tiene bien abiertos los ojos sobre la casa y sobre la obra del hombre, y comprende su sacra majestad.
Y su lenguaje es sobrio. Todos sus discursos son brevísimos. Incluyen escenas y conceptos en pocas líneas; e igualmente sobrio debió ser el gesto porque, incluso para curar, no se le vio nunca hacer grandes signos.
Es un Maestro que enseña cosas nuevas. No repite lecciones de otro.

Igino Giordani, Jesús de Nazareth, SEI, Turín. 1950, págs. 394-395

La mirada de Jesús

Su mirada conquistaba; sobre todo, se manifestaban en ella su divinidad y su humanidad: divinidad que deseaba la salvación de todos; humanidad que participaba de la pena de cada uno, sufriendo con los pecadores, gozando con los que estaban alegres, ofreciéndose en todo a todos; a veces sonriendo humildemente -como el cielo transparente de Galilea-, otras, temblando irritado como los temporales de otoño en Judea. Esos ojos suyos, al mirar, sondean las almas hasta lo más profundo, y generan simpatía o rabia: y más frecuentemente, dulzura y piedad. Él se inclina hacia todos con un sentido de verdadera solidaridad; escruta los corazones y acompaña sus palabras con miradas elocuentes, como cuando le cambia el nombre a Simón, el hijo de Jonás. Y en el corazón de Pedro pone el tormento del remordimiento, fijando en él una ráfaga de luz con sus pupilas, aquella noche de la traición. “Y Jesús, mirándolo con ternura, lo amó”, al joven rico.

Igino Giordani, Jesús de Nazareth, cit. pág. 396

Jesús, Maestro

No fue nunca el maestro acartonado, arraigado a su sabiduría y encerrado en ella, alejado de todos, sino un maestro que adhiere y participa, afectuosa y totalmente, de la vida de sus discípulos. Y quienes lo rodean lo ven, en algunos casos, alterarse, llorar, turbarse, sufrir, como el más sensible de los nacidos de mujer. Apenas resucita a la hija de Jairo, se encarga de pedir que le den de comer. Y con aquellos ojos, habla también el silencio: ciertos silencios que se oponen a preguntas inútiles. Como hará en el juicio, cuando pida cuenta también de las palabras superfluas.
El maestro de la Palabra también es el maestro del Silencio: no del silencio cobarde, sino del que condena más que un fuerte discurso.
Las multitudes quedaban magnetizadas por su mirada y cedían al enorme encanto de su persona; quedaban pasmadas ante sus milagros, se sentían enternecidos y admirados con sus exhortaciones. No era sólo su pensamiento el que impactaba y conquistaba las almas; era más bien la manera como expresaba ese pensamiento: su estilo.

Igino Giordani, Jesús de Nazareth, cit., pág. 397

El hacerse uno de Jesús

No se puede resumir el carácter de Jesús en una sola virtud; sea como sea que lo contemplemos, es evidente que las posee todas. Sin embargo, por encima de ellas prevalece el amor fundamentado en la humildad. Él es el Amor.
Estando al lado de los hombres, amó sus labores, sus recuerdos, sus cosas. Nacido dentro del pueblo israelí, dio predilección a su gente y lloró sobre el muro de Jerusalén; y realizó un milagro a alguien que pertenecía a otra raza y religión, para responder al bien que, a su vez, éste había hecho por sus compatriotas.
Y sintió y cultivó la amistad, hombre entre los hombres. Así, entre sus discípulos eligió a doce, y entre los doce prefirió a Pedro, Santiago y Juan, a quienes asoció a los hechos más significativos de su misión.
Juan, después, nos dejó el recuerdo de su estrecho vínculo con la familia de Lázaro, en Betania. Tales preferencias, que denotan la humanidad de Jesús, no suscitaban rivalidades entre ellos: señal de que Él amaba a todos y a cada uno como cada uno quería, o como cada uno debía ser amado; su amor en la tierra es como en el cielo donde, en cualquier punto, está el Paraíso.

Igino Giordani, Jesús de Nazareth, cit., págs. 399-400

Jesús que reza

¡Cuánta humanidad hay en Jesús cuando ora! Él les enseña a los suyos la oración inalcanzable de los hijos expatriados que se abandonan en el Padre; pero enseña a orar con el ejemplo: y después de jornadas de trabajo intenso, de asiduos encuentros con las multitudes, se vuelve cada vez más fuerte en Él el deseo de quedarse solo para entablar un coloquio con el Padre; y quizás, cansado físicamente, escala las alturas o se aleja de la orilla en la barca para orar. Y su oración, en la noche serena tapizada de estrellas, se convierte en efusión de amor y petición por los hombres, cuyas deficiencias ya ha asumido. Jesús es el místico que, por amor a los hombres, se vuelve activo; y gracias el contacto con el Padre, todo puro, toma la fuerza necesaria para regresar a la tierra, entre la gente.

Igino Giordani, Jesús de Nazareth, cit., pág. 402

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