Al partir el pan

tappa 82Y así, mientras dialogaban, llegaron al poblado ya envuelto en las primeras sombras, cada vez más extendidas. Al llegar a la casa los dos discípulos se detuvieron; el otro hizo ademán de continuar. Pero aquéllos lo “obligaron”, siguiendo las normas de la hospitalidad, severas y a la vez dulces por las enseñanzas de Jesús, y más ahora por las explicaciones del forastero; éste entró a la casa con ellos y se sentó a la mesa para cenar. Una vez servida la comida, tomó el pan, lo bendijo y lo repartió a los dos. Ante ese gesto, puede decirse que unas escamas se les cayeron de las pupilas; se les abrió la vista y lo reconocieron: ¡Jesús! Estupefactos, se levantaron y fueron hacia él, pero desapareció. En ese momento, a los discípulos los invadió una paz infinita y experimentaron una alegría nueva; y comprendieron.
¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras? (Lucas 24, 13-32).
Un signo de la cercanía de Jesús para los discípulos es, pues, el corazón que arde. ¿Cómo permanecer en medio de la llama sin quemarnos?

(Igino Giordani, Jesús de Nazareth, Ed. SEI, Turín, 1950, págs. 382-383).

La pesca milagrosa

Por la noche van a pescar los de Cafarnaúm. El amor que tienen todos por el Mesías los acomuna, incluso en el trabajo. Subidos en la barca, vagan sobre las ondas hundiendo las redes en el agua, donde la claridad de las estrellas refleja como un polvillo de plata. La brisa arrulla la embarcación; y el pensamiento del Maestro arrulla los espíritus. De vez en cuando tiran las redes, pero sin resultado. Y toda la noche se dedican al trabajo infructuosamente. Están cansados.

Y he aquí que, con el primer rayo del alba, Jesús se les presenta en la orilla; pero no se deja reconocer. Ahora, que su humanidad está más allá de la muerte, el Señor comprime su gloria hasta forzar -si podemos decir- su identidad fisionómica. Comprime su belleza para no fulgurar. ¿O será su esplendor mayestático el que, para no atemorizar, se comprime en una evanescencia tal, que vela sus propios rasgos físicos?tappa 82 2
“Muchachos, les dice (y en su voz hay un timbre de fuerza y de júbilo), muchachos, ¿tienen pescados?”. “¡No!”, responden ellos. Son pescadores que han tratado de pescar inútilmente. “Tiren la red del lado derecho de la barca -agrega aquel desconocido-: allí encontrarán”.
Y he aquí que, de un banco imprevisto repleto de peces, una multitud de ellos se precipita hacia la red.

 

(Igino Giordani, Jesús de Nazareth, págs. 385-386).

La profesión de Pedro

Jesús, de buena cuenta, por tercera vez le repite la pregunta al apóstol: “Simón, hijo de Juan, ¿tú me amas?”. Pedro se entristece por aquella reiteración y exclama: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Y Jesús le dice con solemnidad: “Apacienta mis ovejas”. Y dicho esto, agrega: “¡Sígueme!”. Pedro lo sigue, y detrás de ellos viene también Juan; Pedro, al verlo, le pregunta al Señor cuál será el destino de este joven seguidor. “Si yo quisiera que él permanezca hasta cuando yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme”.
Fue así como entre los hermanos corrió la voz de que Juan no moriría. Y lo sabemos, vivió más que todos, para testimoniar que Jesús, porque era Dios, podía mantenerlo con vida no obstante las deportaciones y persecuciones, todo el tiempo que Él quisiera…
Una vez asegurada la confianza de sus discípulos, y habiéndoles conferido su investidura, Jesús se aparta de la vista de los suyos: entra en Su gloria.

(Igino Giordani, Jesús de Nazareth, op. cit., págs. 387-388).

El encanto de Jesús

De su rostro emanaba una potencia que conquistaba y de su cuerpo, una virtud que sanaba; las mujeres, al verlo, no podían contener un grito de admiración por aquella madre única que lo había engendrado y permanecían a sus pies, fascinadas, escuchándolo; enfermos y pecadores le suplicaban con los ojos, advirtiendo instintivamente que él podría sanarles la carne herida y la conciencia arrepentida.
Su proceder es inusitado y rompe con cualquier tradición. Quiere arrasar con el pecado del mundo, y habla con mujeres equivocadas y almuerza con hombres desprestigiados. Donde todos sobreestiman la riqueza, él bendice la pobreza.
Hay una originalidad en su actuar y en su hablar, a la cual no llegaban ciertas almas. No llegaban porque no podían, o no querían admitir la divinidad de aquel hombre cuya grandeza, novedad y carácter extraordinario eran, de hecho, efecto de su divinidad.

(Igino Giordani, Jesús de Nazareth, op. cit., pág. 393).

Este sitio utiliza cookies técnicas, también de terceros, para permitir la exploración segura y eficiente de las páginas. Cerrando este banner, o continuando con la navegación, acepta nuestra modalidad para el uso de las cookies. En la página de la información extendida se encuentran especificadas las formas para negar la instalación de cualquier cookie.