De viaje con Foco

GP3Gennaro Piccolo nos acompaña en un viajo al alma de Igino Giordani,
a través de la selección de algunas perlas espirituales
extraídas de sus meditaciones más profundas.





90. Septiembre

tappa 907 de septiembre de 1965

“Nadie, si no vuelve a nacer, puede ver el Reino de Dios” (Juan 3, 3).
Volver a nacer significa hacerse pequeño, sencillo, humilde. Volver a nacer es volver a ponerse en la humildad, sobre la cual Dios edifica su reino.
Ésta es una verdad fácil de decir, ¡pero cuán difícil de hacer! El orgullo -que es la mirada del hombre viejo- cada cierto tiempo envuelve esta verdad, hecha de sencillez e inseparable de la infancia del espíritu, con una sombra confusa, como la noche oscura. Por ende, la ascesis consiste principalmente en re-crear esta infancia, para despejar las pesadas cargas de la vejez espiritual, hecha de soberbia y llena de ambición. El camino, pues, es el de la obediencia: nuestro puesto en la sociedad es el último: el más cercano a Dios.

26 de septiembre de 1965

Nos lamentamos por la lluvia, o por el chaparrón, o por las desilusiones. Pero son catarsis que purifican la vista y nos hacen ver que lo único que vale es Dios; lo único que cuenta; lo único que queda. Solus cum sola. Parece soledad ante el mundo, pero en realidad nos liberamos de ese caos de los mitos, que se acumula ante nuestros ojos como nubes espesas llenas de truenos.

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89. Transformar el mundo en hogar de María

22 08La imitación de María se resume en esa típica actitud suya ante la voluntad de Dios, y ante las palabras de Jesús: “conservaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2, 19).
Hacía de su corazón un paraíso de las cosas divinas: una estancia para el Verbo, encarnado y comunicado. Del mismo modo en el que había guardado a Jesús en su seno, guardaba la sabiduría en el corazón.

Igino Giordani, María modelo perfecto, Ciudad Nueva, Roma (1967), pág. 7

A imitación suya se puede -y se debe- renunciar al mundo, aun estando en el mundo; o -lo que es lo mismo- debemos transformar el mundo en la casa de María. Si hacemos así, todos los lugares donde estemos (la escuela, la oficina, la fábrica) se transformarían en la casa de Jesús para vivir, entre polvo y papeles; entre ruidos y gritos, con Él, siempre con Él.

Igino Giordani, María modelo perfecto, Ciudad Nueva, Roma (1967), pág. 16

 

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88. La fuente oculta del amor

tappa 88La conciencia de la perfección

Actualmente, más que en otros períodos de la historia, se tiende a limitar la fe a las cosas de este mundo, abandonando lo sobrenatural. Y aun así, muchos hoy en día están ávidos de la pureza de aquella corriente invisible, pero imposible de eliminar, que es la divinidad entre nosotros: lo sagrado. El hombre, por naturaleza, sediento de vida, se siente impulsado a anular la distancia infinita que lo separa del Creador. La convivencia con Dios crea conciencia de fortaleza y nos nutre de la energía divina. Si somos constantes en cultivar la perfección interior, y no nos dejamos dominar por el asedio de lo superficial, seremos capaces de hacer de la existencia humana una empresa de reconstrucción de fe, esperanza y caridad, también en nosotros y en los demás. Y de cada acción surge un beneficio; y como fruto de esta disposición y energía, el trabajo, las adversidades, así como en los diálogos y controversias pierden aspereza y se abren a soluciones racionales, humanas.
A través de cristianos que actúan así, la divinidad acude en ayuda de la humanidad, y todas las dificultades espirituales y temporales se convierten en materia prima para el bien. No es tan difícil como parece. Es necesario tener conciencia de la perfección, que habita en el fondo de cada corazón, y esto se obtiene descubriendo en las profundidades del espíritu la fuente oculta del amor, puesta allí por el Creador, por Cristo que ha hecho y hace de todos hermanos suyos.

Igino Giordani, Ciudad Nueva No. 15/16, 2012

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87. La virtud social por excelencia

Virtud social

tappa 87La unidad, virtud social por excelencia, es en el cristiano un principio injertado por Cristo y plasmado en la esencia misma de Dios, que es uno en tres Personas distintas. Por lo tanto, la unidad vive, por constitución intrínseca, en la sociedad de los fieles que es la Iglesia, pero no puede dejar de impregnar la sociedad civil, compuesta también por cristianos que no podrán ni robarse ni combatir entre ellos en el terreno social, si recorren el mismo camino en el terreno religioso. Se entiende con esto, no que la unidad espiritual sea suficiente para eliminar las discrepancias político-económicas; no, sino que las atenúa y disminuye, reconduciéndolas a su relatividad y contingencia. Y, sobre todo, que aporta el espíritu necesario para frenar también las diferencias de orden material y así fomentar la solidaridad, el encuentro, el deber de soportarnos mutuamente, e impide siempre que la competitividad civil se convierta en impulso para violar la esencial virtud de la caridad.

(Igino Giordani: El mensaje social de Jesús. Ciudad Nueva, Roma, 1966, pág. 419)

Las divisiones

 

Entre cristianos auténticos, ni siquiera los partidos políticos o las divisiones de clase pueden generar hostilidad entre puntos de vista diversos: aunque cada uno pertenezca a una asociación, clase económica o grupo de distinto rango, no pueden -si son cristianos- olvidar que hacen parte de una única familia, esencial, divina, insustituible, que está por encima de todos los partidos y las clases sociales, porque está injertada en lo Absoluto y destinada a asegurarnos una felicidad eterna, superior -por tanto- a las alegrías temporales, momentáneas, de la vida terrena. El cristianismo imprime carácter, según los principios de concordia y fraternidad; y este carácter moldea, gracias a la educación espiritual, también las relaciones terrenas.

(Igino Giordani, El mensaje social de Jesús, cit., pág. 420)

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86. La Palabra y el Silencio

Gestos y palabras de Jesús

tappa86En Jesús, la profundidad del pensamiento no es sinónimo de complicación. Platón, que es quizás es más “límpido”, mientras más profundiza más se oscurece; del mismo modo Pablo, Agustín y Dante. Pero Jesús es siempre claro, diáfano. Quien quiere comprenderlo, lo hace de inmediato. La suya es una visión de águila, desde la máxima altura, y no acepta sombras. Estando en el mundo como su creador, aprecia la naturaleza, la ama como cosa suya y extrae de ella los frutos más exquisitos y los alimentos más sabrosos; es verdad que la idea viene del cielo, pero viene para germinar en la tierra como la vid, como el sicómoro, como el agua de la fuente.
La ciudad de Dios, establecida en la mente del Verbo -el Logos- presenta escenas de pescadores, de aguas y colinas, de viñas y rebaños, torres y pueblos; todo, porque Él tiene bien abiertos los ojos sobre la casa y sobre la obra del hombre, y comprende su sacra majestad.
Y su lenguaje es sobrio. Todos sus discursos son brevísimos. Incluyen escenas y conceptos en pocas líneas; e igualmente sobrio debió ser el gesto porque, incluso para curar, no se le vio nunca hacer grandes signos.
Es un Maestro que enseña cosas nuevas. No repite lecciones de otro.

Igino Giordani, Jesús de Nazareth, SEI, Turín. 1950, págs. 394-395

La mirada de Jesús

Su mirada conquistaba; sobre todo, se manifestaban en ella su divinidad y su humanidad: divinidad que deseaba la salvación de todos; humanidad que participaba de la pena de cada uno, sufriendo con los pecadores, gozando con los que estaban alegres, ofreciéndose en todo a todos; a veces sonriendo humildemente -como el cielo transparente de Galilea-, otras, temblando irritado como los temporales de otoño en Judea. Esos ojos suyos, al mirar, sondean las almas hasta lo más profundo, y generan simpatía o rabia: y más frecuentemente, dulzura y piedad. Él se inclina hacia todos con un sentido de verdadera solidaridad; escruta los corazones y acompaña sus palabras con miradas elocuentes, como cuando le cambia el nombre a Simón, el hijo de Jonás. Y en el corazón de Pedro pone el tormento del remordimiento, fijando en él una ráfaga de luz con sus pupilas, aquella noche de la traición. “Y Jesús, mirándolo con ternura, lo amó”, al joven rico.

Igino Giordani, Jesús de Nazareth, cit. pág. 396

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85. Si estamos bien con los hombres…

06 06Existe un criterio muy sencillo para juzgar si estamos bien con Dios: estamos bien con Dios si estamos bien con los hombres. Amamos a Uno en el cielo si amamos al otro en la tierra.
Es muy sencillo: mucha tierra, porque mucho cielo.
Si no amamos al hermano, aun habiendo sido redimidos, retrocedemos de la vida a la muerte. La aplicación de todo esto está aquí: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti” (en negativo). “Trata a los demás como quieres que te traten a ti” (en positivo).

(Igino Giordani, El hermano, Ciudad Nueva. Roma, 2011, págs. 75-76)

Yo no quisiera ser calumniado, pasar hambre, quedarme sin casa, sin trabajo, sin alegría…; de la misma manera, al menos en cuanto yo pueda, debo hacer lo necesario para que los demás sean honrados, alimentados, hospedados, empleados y consolados. Así se establece una suerte de igualdad: según como yo trato al hermano, Dios me trata a mí. Según como el hermano me trata a mí, Dios lo trata a él. Puede decirse que Dios es el primero en practicar el precepto cardinal del Evangelio: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”; y nos ama como Dios, es decir, infinitamente. De hecho, su amor es tal que incluso quiere hacernos uno con Él: quiere hacernos partícipes de Su naturaleza. ¿No fue por esto por lo que se hizo partícipe de la nuestra? Se trata de una humanización espiritual de Dios: ponerse a nuestro nivel para permitirnos convivir con Él.

(Igino Giordani, El hermano, op. cit., pág. 76)

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